EL VIEJO PERRO GRISALLO

RAMON ASTRAY

Realmente el «connoisseur» de un trabajo necesita tiempo muerto. Observar el final de una obra nos permite tener una opinión con criterio, pero disfrutar de la maestría de la ejecución hasta llegar a ese momento, es todo un privilegio; ese proceso en el que las manchas juegan y los marcadores dan cerco a ese juego. Ahora bien, si todo además tiene ambiente y la paleta parca se pierde en tonalidades que nos sugieren mundos de color vistos en blanco y negro, es que estamos hablando de esa escuela claro obscurita de los clásicos del XVII de la que es un gran conocedor Pedro Bueno.

Una obra nada estridente, que no se pierde en desconchados para saturar el ambiente, tranquila y exenta de ruidos que a mí en particular haciendo uso de la metafísica, me recuerda que en la quietud hay movimiento: el que tiene el crujir de sus figuras o las luces intermitentes en ámbar de las ciudades en invierno. Así es su pintura, puro ilusionismo al servicio de lo corpóreo para devolver lo clásico en algo elegantemente moderno. Este viejo perro grisallo no es huraño y por encima de cualquier otra consideración es doblemente Bueno.