Lo que hace de estas obras algo especial, más allá del motivo, es la pincelada suelta y ligera que abre espacios de sugerencia y la sabia y atemperada entonación en la que predominan los atmosféricos grises, suavemente encendidos a veces por leves ocres o puntuales siena; hay que destacar también la levedad de la mancha, modulada hábilmente con los espacios blancos, para crear suaves contrastes de luz y sombra.
Consigue de este modo llevarnos por ensoñadores parajes hacia un lugar idílico, por el que pasan siluetas humanas que se pierden en la curva del camino, que se adentran en un bosque, se orillan de una playa, caminan entre los edificios de la ciudad, suben escalinatas o dejan un flotante rastro de sombras sobre el asfalto mojado de la calle; más que de presencias hablan de viajeros incógnitos en anónimo tránsito por los periplos de la vida.
También se siente ese animismo en las obras en las que pinta el emboscado curso de las aguas de un río o las remansadas corrientes de la ría. Y luego están sus visiones del mar que, ya apacible, ya agitado, canta, entre viajeras nubes, las oceánicas dimensiones de nuestro atlantismo; deja en las playas de blanca arena su transparente caricia azul, ofrece orillas lejanas al contemplador o sirve de espejo para un camino de luz que se abre al infinito.
Anxeles Penas