La obra presenta una procesión sombría donde figuras encapuchadas avanzan en penumbra, evocando el entierro de la sardina, tradición gallega cargada de simbolismo. La materia pictórica, densa y oscura, construye una atmósfera ritual donde lo festivo se transforma en recogimiento.
Los rostros apenas insinuados refuerzan una sensación de anonimato colectivo, mientras la composición enfatiza el tránsito entre celebración y despedida. La luz tenue recorta siluetas y sugiere un duelo simbólico, donde el carnaval concluye en una ceremonia cargada de memoria y transformación.