En la obra un individuo se erige frente a múltiples micrófonos, apropiándose del espacio como si fuese un altar personal. Su postura rígida y elevada no comunica liderazgo, sino imposición. La mirada, dirigida por encima de los demás, sugiere desprecio hacia fuerzas militares, pueblo y clero, reducidos simbólicamente a meros espectadores.
La Soberbia se encarna en ese gesto de proclamación unilateral, donde la palabra no busca diálogo sino dominio. Los micrófonos amplifican no solo la voz, sino la autoimagen inflada del personaje. A su alrededor, las instituciones parecen desdibujadas, subordinadas a su presencia. La escena revela una autoridad que no se construye, sino que se impone, desligada de toda humildad.