En la pintura de Pedro Bueno, la campiña gallega se abre bajo cielo gris otoñal, con dos reses pastando entre verdes apagados, atmósfera húmeda y horizonte difuso que sugiere calma rural.
Las manchas suaves y tonos terrosos construyen un paisaje sereno, donde el ritmo lento del campo se percibe, la luz tenue envuelve la escena y la naturaleza respira en silencio contenido.