En el dique de abrigo la mañana fría y soleada ilumina la marina con destellos firmes. Al fondo, el castillo de San Antón emerge sereno mientras algunas figuras contemplan el agua, envueltas en silencio y en luz limpia.
El viento recorre la piedra y afila los contornos del paisaje abierto. Las olas golpean con ritmo constante y el cielo despejado sostiene aves en vuelo, mientras la ciudad observa desde lejos, quieta, bajo un frío brillante y transparente.