En la obra de Pedro, el camino hacia el cementerio de San Esteban se abre bajo luz fresca, con el lateral de la iglesia emergiendo entre sombras y tonos claros.
Los trazos suaves y las manchas luminosas construyen un paisaje sereno, donde la arquitectura y el sendero conviven en equilibrio, evocando recogimiento, silencio y una calma luminosa propia de un día claro.