En la plaza de María Pita la mañana fría y húmeda se posa sobre la piedra silenciosa. Las fachadas respiran historia mientras algunas figuras cruzan despacio, envueltas en abrigos, dejando huellas leves en el aire gris y contenido.
La luz difusa apenas roza los balcones y el suelo brilla con humedad reciente. Un silencio denso acompaña los pasos y las miradas, mientras la ciudad despierta lentamente, guardando en cada rincón ecos de vidas que comienzan otro día.