En el Paseo Marítimo de Riazor la mañana se extiende clara entre fachadas suaves y árboles quietos. Varias figuras avanzan sin prisa, envueltas en una luz tenue que dibuja sombras ligeras sobre el suelo húmedo y recién despierto.
Las aves cruzan el cielo como notas dispersas mientras el kiosco guarda silencios antiguos. La barandilla guía la mirada hacia un día que comienza sereno, donde cada paso parece inaugurar pequeñas historias cotidianas llenas de calma y discreta belleza.